Carlos Fuentes
18 de Noviembre de 2008
Recién ayer comencé a leer la más reciente novela de Carlos Fuentes, La voluntad y la fortuna. Apenas voy en las primeras sesenta páginas y ya estoy encantada. Me intrigó el inicio de la novela con esa cabeza de ojos ciegos mirando a la nada, inanimada, separada violentamente de un machetazo de su torso, de sus miembros, de su cuerpo, tirada en una playa del Pacífico mexicano, bañada por las olas, que nos relata su vida, que nos habla acerca de sus amistades y de su entorno social, que nos cuenta su historia.
Y la verdad es que al cerrar ayer por la noche la edición pensé que este país está lleno de cabezas así: tiradas en calles, frente a edificios públicos, en playas y lotes baldíos, en el campo y en la ciudad, o entregadas por paquetería, metidas en hieleras, acompañadas de siniestros mensajes con faltas de ortografía, contándonos en un grito silencioso su historia y la nuestra. Donde los demás han visto sólo muerte y nota roja, Carlos Fuentes encuentra un relato íntimamente ligado a la historia de este México violento de principios del siglo veintiuno.
No soy experta en la obra de Fuentes –no la he leído en su totalidad—pero festejo con todo México sus ochenta años de vida, celebro las cinco décadas de La región más transparente y me alegro de que el país tenga a un escritor de su talla. Creo que este es un buen momento para que en las escuelas y en las universidades se lea y discuta ampliamente su obra, y para que el público en general se acerque a sus libros y descubra las entrañas de nuestro México. Leer a Fuentes es como tener una radiografía del país. Pocos escritores mexicanos aún vivos han logrado, como Fuentes, analizar, entender, capturar el ser mexicano, su historia, su devenir, su tragedia.
Aún recuerdo como si fuera ayer el momento en que descubrí a Fuentes. Fue en un curso de licenciatura (en las prepas católicas era raro leer incluso obras tan cortas como Aura). A partir de ese momento quedé encantada con su prosa. Reconozco que nunca me gustó mucho La silla del águila, pero me maravillé con La muerte de Artemio Cruz, La frontera de cristal, Las buenas conciencias, Aura, Gringo viejo, El naranjo. Me gustó tanto Los años con Laura Díaz que la leí dos veces seguidas hace algunas navidades. Me faltan por leer muchos de sus libros (espero ponerme al corriente en los próximos meses) pero, de todo lo que he leído de Fuentes, lo que más me ha gustado es La región más transparente. Es un retrato realista del México de los años cincuenta, una impresionante radiografía de la sociedad mexicana del siglo veinte. Cuántas voces tan distintas, y qué lucidez para describir y hacer hablar a personajes tan diversos como una prostituta de la Merced, un político corrupto, una señora de la alta sociedad, un intelectual, un junior de la ciudad de México, y para dibujar con precisión los distintos ámbitos sociales de la época.
Una de las cosas que más me llamó la atención de La región más transparente fue descubrir que Fuentes la escribió cuando era muy joven, tenía como 27 años, algo así. Y entonces se me vinieron a la cabeza otras obras que publicaron algunos escritores consagrados cuando eran muy jóvenes: Conversación en la catedral, que publicó Mario Vargas Llosa cuando tenía como 33 años; Los desnudos y los muertos, publicada por Norman Mailer cuando tenía 25 años, y Los Buddenbrook, de Thomas Mann, publicada en 1901, cuando tenía algo así como 26 años. Estos libros los colocaron en las grandes ligas, y mucha de su obra posterior sólo es una confirmación de su grandeza –aunque esta palabra no me gusta mucho, es como acartonada, pero no se me ocurre otra por el momento.
Festejemos pues los ochenta años de Carlos Fuentes leyéndolo, y celebremos en este momento la buena literatura, aquella que siempre descubre algo en la vida cotidiana, en donde nadie más ve nada: en la vida de una prostituta de La Merced, en la historia de un militar convertido en político, en la de un escritor gringo viajando por México, en la de una fotógrafa amiga de Frida y de Diego, y en la de una cabeza tirada en una playa del Pacífico mexicano, bañada por las olas, mirando a la nada con ojos ciegos.


Bajo el intrigante título El curioso incidente del perro a medianoche, el joven escritor británico Mark Haddon (Northampton, 1963) nos narra la extraordinaria historia de Christopher John Francis Boone. La novela tuvo un éxito sin precedente y vendió millones de ejemplares en diversos países, convirtiéndose en un verdadero fenómeno editorial en 2003, cuando salió a la luz pública por vez primera. Este éxito se debió no a una masiva campaña mercadotécnica con las que a veces las editoriales lanzan al mercado obras de dudosa calidad literaria, sino a las recomendaciones “boca a boca” hechas por los propios lectores de Haddon.
Empero, deseo aprovechar este espacio para hablar de nuestro héroe. Mucho se ha hablado sobre el autismo. Los especialistas señalan que el autismo es un trastorno del desarrollo y que quienes lo padecen tienen problemas de comunicación, presentan conductas repetitivas (por ejemplo balancearse) y obsesiones, tienen serias dificultades para relacionarse con el mundo que les rodea (con las personas especialmente) y su capacidad imaginativa es muy limitada. Aunque algunos autistas tienen cierto grado de retraso mental, otros tienen un coeficiente intelectual que podríamos calificar de “normal” y algunos más incluso están sobre la media. Podríamos decir que nuestro protagonista Christopher pertenece a este último grupo. Sus habilidades en matemáticas son sobresalientes. Es un agudo observador y posee una lógica devastadora, que desarma a cualquiera. No cree en fantasmas ni en las hadas simplemente “porque todo el mundo sabe que no existen.”
Sin embargo, el hermoso sitio, ubicado en el Parque Nacional Pico de Orizaba, se ha convertido en un imán para otros importantes proyectos. La altura, la infraestructura instalada, la cercanía con la ciudad de Puebla, entre otras cosas, han sido elementos importantes para que diversas instituciones científicas y educativas ubiquen ahí sus experimentos y proyectos.





varios años (el “siniestro” gobierno chino ha ocultado toda esta información, y yo también lo haría de la pura vergüenza). Sólo que, a diferencia de Nuevo México, en China los pasajeros de la nave sobrevivieron, se adaptaron a la región, se mezclaron (zas) con los habitantes de la zona con quienes procrearon hijos, una nueva raza de alienígenas humanoides (sic y zas). Una de las características físicas de esta nueva “raza” es su baja estatura. Pese a que el “malvado” gobierno chino ha determinado que la contaminación en la zona puede ser la causante de la baja estatura de los pobladores de la región, los ufólogos aseguran que esto no es cierto: si son chaparritos es porque copularon con hombrecitos y mujercitas verdes (¿se imaginan?). Al final del programa, un especialista comentó atinadamente que para la gente que cree en estas cosas “los hechos son irrelevantes”. No importa la cantidad de argumentos que se den para explicar de manera coherente este tipo de cosas, la gente no hace caso nunca. Lo bueno del History Channel es que en sus documentales entrevista siempre a gente de los dos bandos, los creyentes y los escépticos.
Unas dos o tres horas después le cambié al canal local de Televisa. Vi parte de un programa en donde aparece un señor con claro acento colombiano (a mí me parece colombiano al menos) al que la gente le habla por teléfono. El señor sólo pide el nombre de la persona y la fecha de nacimiento y, con esos dos datos, puede saber si la persona en el otro lado de la línea es víctima de una brujería. Por supuesto que esto no lo hace solo, cuenta con la asesoría y el respaldo profesional de un equipo de “psíquicos, mentalistas y parapsicólogos” (sic). La persona en la línea telefónica acepta sin chistar que su mala suerte (se quedó sin trabajo o sin marido, o se le murieron sus animales en el rancho) se debe a una brujería y no a otras cosas. El señor la invita a ir al día siguiente a una cita que, por supuesto, tiene un costo. Ese programa sale todos los días de la semana y esta organización tiene oficinas, aparentemente, en todo el estado de Puebla.
En su libro El mundo y sus demonios. La ciencia como una luz en la oscuridad (Planeta, 1999), Carl Sagan hace una comparación entre la edad media –época en la cual la gente creía que había brujas, que volaban en escobas y que tenían intercambios carnales con el demonio en escandalosos aquelarres—y la nuestra. En cada página, Sagan busca desenmascarar a los mercachifles de lo paranormal, y da explicaciones lógicas a fenómenos que la gente cree ver: “Algunos avistamientos de ovnis resultaron ser aeronaves poco convencionales, aeronaves convencionales con modelos de iluminación poco usuales, globos de gran altitud, insectos luminiscentes, planetas vistos bajo condiciones atmosféricas inusuales, espejismos ópticos y nubes lenticulares, rayos en bola, parhelios, meteoros…” Una de las partes más divertidas del libro es cuando describe todo el fraude de los círculos en los campos de cultivo, algo que empezó como una broma de dos amigos en un pub en Gran Bretaña, pero que captó la atención de todos los medios en el mundo. Pese a que los bromistas en ese país y en otros (Estados Unidos uno de ellos) confesaron públicamente la broma, nadie quiso escucharlos (ya sabemos, los hechos son irrelevantes…)

A veces recibimos llamadas telefónicas más estrafalarias. Sin ir más lejos, la semana pasada llamó un señor diciendo que tiene unas fotos de una bola que aparece encima del cráter del Popocátepetl en determinado día del año. Por supuesto que deseaba hablar con algún astrofísico –de hecho lo contacté con el área correspondiente–, pero me dijo que podía mostrarme las imágenes e insistió en hacerlo. Yo decliné la invitación porque ya lo dije: no creo en marcianos, extraterrestres, fenómenos paranormales o como se llamen.

Horas después del préstamo, fui a buscar mis libros de Cortázar, comencé a hojearlos y al azar me tropecé con este extraordinario fragmento: “En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.” Se trata de uno de los originalísimos textos que componen el libro Historias de cronopios y famas, incluido en el primer volumen de los cuentos completos editado por Alfaguara hace ya mucho tiempo, en 1994, para conmemorar en aquel entonces el décimo aniversario de la muerte de este entrañable, indispensable e imprescindible escritor argentino. Se trata de Cuentos completos I, que incluye además los libros La otra orilla, Bestiario, Las armas secretas, Final del juego y Todos los fuegos el fuego, es decir, buena parte de la obra cuentística más conocida de Cortázar.
Julio Cortázar era un lector voraz e inteligente. Al respecto, Mario Vargas Llosa relata anécdotas verdaderamente interesantes. El escritor peruano no acaba de responderse a la pregunta de quién era mejor: si el Cortázar escritor o el Cortázar lector. Y quizá debido al hecho de ser él mismo un lector ávido y creativo, Cortázar entendió que el que está “del otro lado” del libro, el que da la vuelta a la página, puede tener un papel fundamental en el proceso de creación literaria.

papalotes, robots y muchas cosas más. Las conferencias públicas que siguen se llevarán a cabo los días: 24 de octubre; 7 y 21 de noviembre, y 5 de diciembre. Los talleres infantiles se realizarán: 25 de octubre, y 8 y 22 de noviembre. El broche de oro de estas actividades será el 6 de diciembre, con una feria de ciencias. Los interesados en estas actividades pueden pedir información en el teléfono 516 18 53 (de Oaxaca, por supuesto) o escribir al correo electrónico crisalidaserrato6@yahoo,com.mx



Durante los fines de semana es común ver a muchos de los habitantes de Ciudad Serdán sentados en la fuente y en los jardines de la Casa Magnolia para relatar otras viejas historias sobre los ricos propietarios de la mansión –que si eran muy ricos, que si era franceses, que si mandaban traer de París las mejores telas, etcétera.





